| AGOSTO 10 |
DESPUÉS DE LA DEDICACIÓN
1 Reyes 8:54-66
Tenemos en nuestra lectura otro discurso, sacrificios y fiesta. Después
de dedicar nuestras vidas a Dios debemos tener lo mismo.
Es necesario recordar las promesas de Dios y nuestras promesas a él. Muchas
de las promesas de Dios son condicionales y si no cumplimos nuestra parte,
no nos extrañe que nos falte poder y bendición.
Los sacrificios fueron tantos que el altar resultaba pequeño y no cabían
en él los holocaustos. ¿Nos podrá pasar esto a nosotros? Por lo general
nuestros sacrificios son más pequeños que el altar; nuestro amor no corresponde
al amor con que fuimos amados ni nuestra gratitud a las misericordias de
Dios para con nosotros (Ro. 12:1,2).
Dedicarnos a Dios y ofrecernos a él en sacrificio vivo no es algo pesado
ni gravoso. El creyente dedicado y consagrado a Dios no debe andar con
la cara larga. En su corazón debe rebosar la alegría, el gozo y la gratitud
(v. 66). Su vida ha de ser una fiesta, no de catorce días, sino continua.