| ABRIL 10 |
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Levítico 7:1-21
La piel del holocausto sería para el sacerdote (v. 8). Ciertamente aquel
que se convierte de los ídolos a Dios, lo hace para servir al Dios vivo
y verdadero (1 Ts. 1:9) y ha de entregarse enteramente a él. Pero esto
no impide que el siervo que ha sido usado por Dios para comunicar el evangelio
al perdido pueda decir: Vosotros sois nuestra gloria y gozo (1 Ts. 2:19,20).
La transformación es un testimonio del poder de Dios, sí, pero también
lo es de la consagración del siervo que Dios usó como vaso.
La carne del sacrificio de paz (v. 15) tiene otra hermosa lección para
nosotros. Habiéndose consumado los otros sacrificios, el oferente mataba
un animal más. El sacerdote tomaba su parte y el oferente llevaba el resto
para comerlo con su familia (1 S. 1:3-5). Esto nos habla de cómo Dios devuelve,
transformado, lo que a él se entrega: El marido es mejor compañero, el
padre es mejor sostén, la madre es más amante, el hijo más útil cuando
hay entrega total a Dios.
Recordemos la secuencia: Ofrenda por el pecado, holocausto y oblación,
y sacrificio de paz. Es decir: Santidad, servicio y satisfacción.
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