La Buena Parte

SEPTIEMBRE 13

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“PROFETA... COMO YO”

Deuteronomio 18:1-22


El hombre es por naturaleza investigador –o curioso– especialmente cuando algo es intrincado y difícil. Conocer el futuro es lo que más le intriga. 

La llave de la puerta que nos lleva a este conocimiento está en las manos de Dios. Buscar aprender algo de agoreros y adivinos es desobedecer a  Dios y desconocer su autoridad en esta materia. Por eso, al hebreo le estaba terminantemente prohibido consultar con adivinos. ¿Quién podía revelar el futuro? Sólo un profeta como Moisés (v. 15). 

Estas palabras hablan fuertemente del trabajo de Cristo y de su Espíritu. Como en Moisés, tenemos victoria sobre el pecado, intercesión ante el Padre y paciencia frente a nuestras flaquezas. Pero lo más destacado del ministerio de un profeta es que trasmite al hombre la voz de Dios, verdad fundamental, porque deja de ser profeta de Dios si habla sus propias palabras. 

El profeta es necesario porque, como humanos, no podemos soportar la presencia de Dios. Lo que dice el profeta verdadero tiene cumplimiento cabal. Los requisitos del profeta los vemos cumplidos en plenitud en Cristo (Jn. 14:24) y en su Espíritu (Jn. 16:13). 


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