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DEIDAD...
Cuando el rey Salomón terminó de construir el templo en Jerusalén, con
materiales bellísimos y artesanía de punta de esos años, en el día cuando
lo dedicó a Dios, pensó así: Mas ¿es verdad que Dios habitará con el hombre
en la tierra? He aquí, los cielos y los cielos de los cielos no te pueden
contener; ¿cuánto menos esta casa que he edificado? (2 Crónicas 6:18).
Ciertamente estaba tratando de entender un misterio para el cual la sabiduría del hombre no tiene respuesta. Sin embargo, dentro de nuestro concepto de Dios como todopoderoso debe estar el que sí puede morar entre nosotros, pero tendremos que apoyarnos en que Dios es toda gracia para comprender por qué lo quiso hacer.
El testimonio del apóstol Juan es claro: Aquel Verbo fue hecho carne, y habitó entre nosotros (Juan 1:14), y su objetivo al escribir su evangelio lo presenta con estas palabras: Hizo además Jesús muchas otras señales... Pero éstas se han escrito para que creáis que Jesús es el Cristo, el Hijo de Dios, y para que creyendo, tengáis vida en su nombre (Juan 20:30,31).
Rabí... ¿dónde moras?
Usamos para nuestro título una pregunta que hicieron dos discípulos de
Juan el Bautista, quienes, por dos días consecutivos, habían oído esta
declaración: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo
(Juan 1:29,36). Esto despertó en ellos el deseo de seguir a este nuevo
personaje que había entrado en escena y, cuando el Señor Jesús les preguntó:
¿Qué buscáis? Ellos le dijeron: Rabí (que traducido es, Maestro), ¿dónde
moras? (Juan 1:38).
¿Dónde moras? fue su pregunta, ¿qué los motivó a hacerla? No sabemos. Pero del relato en el Evangelio según San Juan podemos deducir qué fue lo que aprendieron. Y esto puede repetirse hoy con usted, amable lector:
Hoy, como ayer, hay una voz que declara: He aquí el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo (Juan 1:29,36).
Fue una multitud que oyó esta voz en Betábara, donde Juan el Bautista cumplía su misión de ser la voz de uno que clama en el desierto (Juan 1:23); pero fueron sólo dos, y no hasta escucharlo por segunda vez, los que captaron algo importante en este anuncio. Entonces, más que un lugar geográfico, podemos ver al desierto como una figura de los corazones de aquella multitud que oyó esta voz y que vio a un varón bajar al agua a ser bautizado y recibir como señal divina el que el Espíritu de Dios descendiera, como paloma, y permaneciera sobre él (Mateo 3:13-17; Juan 1:32).
La personalidad de este varón de Nazaret hizo que de los labios de estos dos discípulos saliera la confesión: Rabí, y con ella reconocieron su sabiduría. Este Cordero de Dios fue visto como una persona digna de seguir.
Después de haber estado todo aquel día con el Cordero de Dios, uno de aquellos primeros discípulos confesó: Hemos hallado al Mesías (que traducido es, el Cristo) (Juan 1:41). Por muchos años el pueblo de Israel había esperado la promesa de Dios de un libertador; pero como pensaban más en la opresión del pueblo romano que en la esclavitud del pecado no le dieron importancia a la voz del heraldo, pues, el Cordero de Dios, que quita el pecado del mundo, no era lo que esperaban. Por tanto, sólo aquellos que estaban conscientes de su condición de pecadores y buscaban la salvación de Dios, hallaron en el Cordero de Dios, al Mesías: el enviado de Dios, y la respuesta divina a su necesidad.
Un día después, la confesión de otro de sus discípulos fue más clara, la fe que había en su corazón le hizo exclamar: Rabí, tú eres el Hijo de Dios (Juan 1:49).
El único medio de salvación deberá venir de Dios mismo, porque el hombre no puede socorrer al hombre, además, porque no hay razón que lo obligue a rescatarnos, ni recursos con qué pagarle, el medio de salvación debería ser propuesto con base en su amor.
Por esto declara el apóstol con palabras tan conocidas: Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna (Juan 3:16).
Por ello, la declaración de fe que Dios espera oír de sus criaturas es lo que confesó el apóstol Pedro: Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios viviente (Mateo 16:16), y por esto, lo que convenció a Felipe, fue oír al etíope decir: Creo que Jesucristo es el Hijo de Dios (Hechos 8:37).
Venid y ved
La historia continúa narrando la invitación del Señor Jesús: Venid y ved,
y la resolución de estos discípulos: Fueron, y vieron donde moraba, y se
quedaron con él aquel día (Juan 1:39).
Para el rey Salomón fue algo incomprensible que Dios eligiera habitar aquella casa que le había construido. Para los discípulos, descubrir que las zorras tenían sus guaridas y las aves sus nidos, pero que el Hijo del Hombre no tuviera dónde recostar su cabeza (Lucas 9:58), fue un misterio aún mayor. Sin embargo, hay otra verdad que nos asombra aún más: podemos llegar a ser templo de Dios, y el Espíritu de Dios puede morar en nosotros (1 Corintios 3:16).
Si usted pregunta cómo un Dios santo, infinito y eterno escoge morar en un cuerpo impuro, finito y mortal, entonces, permítanos llevarle por eventos narrados en el Evangelio según San Juan que le ayudarán a entender cómo es que Dios puede morar con nosotros.
Esto lo demostró claramente el Señor Jesús cuando entró al templo en Jerusalén y haciendo un azote de cuerdas, echó fuera del templo a todos... y dijo: Quitad de aquí esto, y no hagáis de la casa de mi Padre casa de mercado (Juan 2:15,16).
Entonces, la primera condición para que more Dios en usted es que le permita a él hacer limpieza total en su vida. Note: la limpieza la hace él, no usted, pues sus ojos no ven todo lo que es dañino ni su mente percibe todo lo que puede perjudicar su relación con Dios. Es por esto que un Dios santo puede morar con el hombre, pues, como dice el apóstol Pablo: Ya habéis sido lavados, ya habéis sido santificados, ya habéis sido justificados en el nombre del Señor Jesús, y por el Espíritu de nuestro Dios (1 Corintios 6:11).
A Nicodemo, un fariseo que lo visitó de noche, el Señor Jesús le indicó: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios; y al seguir en su plática le explicó: Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es (Juan 3:3,6). El apóstol Pablo retomando esta alegoría lo explica así: Dios, enviando a su Hijo en semejanza de carne de pecado y a causa del pecado, condenó al pecado en la carne; para que la justicia de la ley se cumpliese en nosotros, que no andamos conforme a la carne, sino conforme al Espíritu (Romanos 8:3,4).
Esta es la segunda razón. Nuestras limitantes, como descendientes de Adán, así como nuestros vínculos con el pecado, han sido destruidos: ya no somos carne, sino espíritu, por eso Dios, que es Espíritu, puede morar en nosotros.
En otra de sus conversaciones, el Señor Jesús afirmó: De cierto, de cierto os digo: El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida (Juan 5:24). Aquí se cumple la tercera condición: dejamos de ser mortales, condenados a muerte por nuestros pecados y comenzamos a gozar de vida eterna.
Creer que Jesucristo es el Hijo de Dios y creer que puede morar en usted, son verdades que sólo son compatibles si también cree que Dios puede limpiarlo de todo pecado, hacer que nazca del Espíritu y darle vida eterna. Pero no sólo lo crea, pídale a Dios que lo haga una realidad en su vida.
EL SEMBRADOR
Periódico Trimestral
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